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Los últimos conciertos de Mozart: la despedida instrumental
Cuando el virtuoso se despide de su instrumento predilecto y descubre el alma del clarinete
>>>Serie: El otoño de Mozart – Post 2 de 4 (más la Introducción)
En 1791, Mozart compuso tres obras que representan su adiós al mundo instrumental que tanto había cultivado: el último de sus 27 conciertos para piano, el sublime Concierto para clarinete, y su sexto y último Quinteto de cuerdas. No son simplemente obras maestras más en su catálogo; son despedidas conscientes o inconscientes de géneros que Mozart había dominado y transformado. El virtuoso que había deslumbrado a Europa desde su infancia, el compositor que había revolucionado el concierto clásico, escribía ahora sus últimas palabras instrumentales. Y lo hacía con una serenidad, una profundidad y una perfección que solo la madurez absoluta puede alcanzar.
Enero-octubre de 1791: el adiós instrumental
El contexto: entre la necesidad y la nostalgia
Los primeros meses de 1791 encontraron a Mozart en una situación paradójica. Por un lado, sus encargos operísticos le mantenían ocupado y ofrecían la promesa de ingresos necesarios. Por otro, la música instrumental, que había sido el centro de su actividad durante tantos años, parecía pasar a un segundo plano.
Los conciertos públicos que Mozart organizaba regularmente en Viena se habían vuelto menos frecuentes. El público vienés, siempre voluble, se había cansado de su estilo y prefería ahora las novedades que llegaban de otros compositores. Mozart, que en los años 1784-1786 había dado conciertos constantemente y con éxito arrollador, tocaba ahora sólo esporádicamente.
Sin embargo, la música instrumental seguía siendo su lenguaje más personal, el medio donde podía expresarse con mayor libertad, sin las restricciones de un texto o las demandas de un empresario teatral. Las tres obras instrumentales de 1791 no nacieron de encargos prestigiosos sino de necesidades personales: la necesidad de dinero (el Concierto para piano), la amistad (el Concierto para clarinete), y quizás simplemente la necesidad interior de crear (el Quinteto de cuerdas).
Tres géneros, tres despedidas
Cada una de estas tres obras representa el final de un capítulo en la vida compositiva de Mozart. Son sublimes sin pretenderlo. Profundas y amables, al mismo tiempo:
- El Concierto para piano K.595: el último de 27 conciertos para el instrumento con el que había conquistado Europa desde niño
- El Quinteto de cuerdas K.614: la última música de cámara de un compositor que había revolucionado el género
- El Concierto para clarinete K.622: el último concierto instrumental de cualquier tipo, y para muchos, su obra más bella
Curiosamente, ninguna de estas obras tiene el carácter de un final dramático. No hay dramatismo beethoveniano, no hay gestos grandilocuentes de despedida. Hay, en cambio, serenidad, equilibrio, una belleza que parece existir fuera del tiempo. Es como si Mozart, consciente o inconscientemente de que estas serían sus últimas palabras instrumentales, hubiera elegido decir adiós no con fuegos artificiales sino con una perfección tranquila que desarma por su naturalidad.
Concierto para piano nº27 en Si bemol mayor K.595
El último concierto para su instrumento
El Concierto para piano nº27 en Si bemol mayor K.595 es la última obra que Mozart escribió para el instrumento que había sido el centro de su vida musical. Desde sus primeras composiciones infantiles hasta este momento final, el piano (o más precisamente, el fortepiano de su época) había sido su voz más personal.
(Para saber un poco más sobre lo que es el fortepiano, puedes leer otro artículo de nuestro Blog, El pianoforte: cómo Bartolomeo Cristofori cambió la música para siempre)
Mozart había compuesto 27 conciertos para piano, un corpus que representa una de las cimas absolutas del género. Cada concierto es una obra maestra, pero el K.595 tiene algo especial: es una despedida que no se presenta como tal, un adiós que suena como una sonrisa melancólica más que como un llanto.
Datación y circunstancias de composición
La datación exacta del K.595 ha sido objeto de debate entre los musicólogos. Mozart lo terminó y lo estrenó en enero de 1791, pero es probable que hubiera comenzado a trabajar en él ya en 1788, dejándolo a un lado durante los años difíciles de 1789-1790, para retomarlo y completarlo a principios de 1791.
Esta génesis fragmentada quizás explica algo de su carácter: no tiene la urgencia de una obra compuesta de un tirón, sino más bien la serenidad de una meditación prolongada. Es como si Mozart hubiera vuelto al manuscrito en diferentes momentos de su vida, añadiendo capas de experiencia y madurez.
Mozart necesitaba dinero, y un concierto nuevo le permitiría dar un concierto público como solista. El concierto tuvo lugar el 4 de marzo de 1791 en el salón del clarinetista Joseph Bähr, en lo que resultaría ser la última aparición pública de Mozart como pianista solista. Una despedida que nadie, ni siquiera él mismo, reconoció como tal en aquel momento.
Estructura y análisis musical
El concierto sigue la estructura clásica en tres movimientos:
- Allegro – Si bemol mayor II. Larghetto – Mi bemol mayor
III. Allegro – Si bemol mayor (Rondó)
Primer movimiento: Allegro
El primer movimiento comienza con un tema que es engañosamente simple. Solo seis notas que se mueven principalmente por grados conjuntos, pero que contienen todo un mundo de posibilidades expresivas. Este tema será el material principal sobre el que Mozart construye todo el movimiento.
La orquesta expone este tema primero, en una introducción orquestal que dura aproximadamente dos minutos. Cuando el piano entra, no hace una entrada grandiosa o virtuosa. En cambio, retoma el tema principal con delicadeza, casi conversacionalmente, como si continuara una idea que la orquesta había iniciado.
Características del movimiento:
- Economía de medios: Mozart hace mucho con poco material temático (¡es un experto en eso!)
- Diálogo íntimo entre piano y orquesta, más que confrontación virtuosa
- Modulaciones armónicas sutiles que crean cambios de color emocional
- Ausencia de virtuosismo gratuito: cada pasaje técnico tiene función expresiva
- Una cadenza (escrita por Mozart) que es más meditativa que exhibicionista
Hay una cualidad casi de música de cámara en este movimiento. El piano no domina despóticamente, sino que conversa como un igual con la orquesta. Es música de madurez, que ya no necesita impresionar sino simplemente expresar.
Segundo movimiento: Larghetto
El Larghetto en Mi bemol mayor es uno de los movimientos lentos más serenos que Mozart escribió. Emocionante hasta las lágrimas.
La melodía principal, presentada primero por el piano solo, tiene una simplicidad casi vocal. Se desarrolla con una ornamentación delicada que nunca rompe la línea melódica básica.
La orquesta acompaña con extrema discreción: cuerdas con sordina, sin vientos. El efecto es de intimidad absoluta, como si Mozart estuviera improvisando para sí mismo en la quietud de su estudio.
Hay un episodio central en Do menor que introduce una nota de melancolía más profunda, pero pronto regresa el tema principal en Mi bemol, ahora enriquecido por la experiencia de ese momento de oscuridad. No hay desarrollo dramático ni conflicto, sino simplemente la contemplación de diferentes estados de ánimo dentro de una paz fundamental.
Tercer movimiento: Allegro (Rondó)
El finale es un rondó alegre pero no exuberante. El tema principal tiene un carácter de canción popular, casi de danza campesina. Algunos han visto similitudes con la canción infantil “Komm, lieber Mai” (Ven, querido mayo) que Mozart había armonizado poco antes.
Los episodios contrastantes del rondó exploran diferentes caracteres: uno más virtuoso, otro más lírico, pero siempre regresando al tema principal que es como un estribillo reconfortante.
El movimiento concluye con una coda que se desvanece suavemente, sin aspavientos finales. La música simplemente va diluyéndose. No es un final dramático, sino una despedida que no se anuncia como tal.
El estreno: última aparición como solista
El 4 de marzo de 1791, Mozart tocó este concierto en un concierto organizado en el salón del clarinetista Joseph Bähr. No fue un gran evento público en un teatro principal, sino un concierto más modesto en un salón privado. La audiencia, aunque selecta, era más pequeña de aquella a la que Mozart había acostumbrado en sus años de gloria.
Según los testimonios de quienes estuvieron presentes, Mozart tocó con su maestría habitual, pero quizás con menos del virtuosismo exhibicionista de años anteriores. La interpretación fue reflexiva, profunda, musical más que técnica.
Nadie en esa sala podía saber que estaban presenciando la última vez que Wolfgang Amadeus Mozart tocaría como solista de piano ante un público. El compositor tenía apenas 35 años, pero su carrera como pianista virtuoso había llegado a su fin…
Recepción de la obra:
El concierto no causó la sensación que los anteriores habían provocado. El público vienés, siempre en busca de novedades, encontró quizás la obra demasiado sobria, carente del brillo superficial que entonces se apreciaba. No fue un fracaso, pero tampoco el triunfo que Mozart había experimentado con sus conciertos de mediados de los años 1780.
Sin embargo, con el tiempo, el K.595 ha sido reconocido como una de las cimas del género. Su aparente simplicidad oculta una profundidad que solo la madurez absoluta puede alcanzar.
Quinteto de cuerdas nº6 en Mi bemol mayor K.614
La última música de cámara
El Quinteto de cuerdas K.614, completado en abril de 1791, es la última obra de música de cámara que Mozart terminó. Después de esta obra, solo compondría música orquestal, operística y sacra. La música para un grupo íntimo de instrumentistas, el medio donde la conversación musical es más personal y directa, llegaba también a su fin en el catálogo mozartiano.
Mozart tenía una predilección especial por el quinteto de cuerdas (dos violines, dos violas y violonchelo). Había compuesto seis, todos en sus años de madurez (1773-1791), y todos son obras maestras absolutas. La adición de una segunda viola al cuarteto de cuerdas estándar le permitía crear texturas más ricas, armonías más complejas y un equilibrio sonoro más cálido.
Abril de 1791: la primavera creativa
Abril de 1791 fue, en medio de las dificultades, un mes relativamente tranquilo para Mozart. Las grandes óperas aún no habían comenzado realmente (La Clemencia de Tito se encargaría en verano, y La Flauta Mágica estaba en fase de gestación). Mozart tenía un respiro antes de la tormenta creativa que vendría.
En este contexto, compuso el K.614 no por encargo sino por necesidad interior. La obra fue escrita, según indica el manuscrito, en abril de 1791, completada el 12 de ese mes. Mozart planeaba vender ejemplares manuscritos de la obra por suscripción, un sistema que había intentado anteriormente con resultados variables.
La dedicatoria de la obra fue para un húngaro aficionado a la música llamado Johann Tost, quien también recibió dedicatorias de Haydn. No era un encargo formal, pero la dedicación esperaba quizás alguna compensación económica.
Análisis musical: equilibrio y despedida
El quinteto K.614 está en Mi bemol mayor, la tonalidad que Mozart asociaba con la nobleza, la calidez y cierta calidad heroica sin estridencia. Es la tonalidad de la Sinfonía nº39, de varios conciertos para piano, del Quinteto para piano y vientos K.452 y, significativamente, de la primera parte de La Flauta Mágica. De hecho, es una tonalidad asociada a la masonería. Y sabida es la vinculación de Mozart con la masonería. Por si quieres saber algo más sobre lo que es y su relación con el salzburgués, aquí tienes algunas referencias: Mozart y la francmasonería
Estructura:
- Allegro di molto – Mi bemol mayor (forma sonata) II. Andante – La bemol mayor (forma sonata) III. Menuetto: Allegretto – Mi bemol mayor (con trío) IV. Allegro – Mi bemol mayor (rondó)
Primer movimiento: Allegro di molto
El primer movimiento comienza con un tema de carácter enérgico, pero no agresivo. Hay vitalidad, hay impulso rítmico, pero también elegancia. Los cinco instrumentos conversan en igualdad absoluta: no hay protagonistas ni acompañantes, todos tienen algo importante que decir. Ésa es una de las muchas razones que hacen de una obra de cámara algo que perdura, lejos de la gran sala de conciertos, más cercana al corazón.
Mozart utiliza magistralmente las posibilidades del quinteto: puede crear acordes de cinco voces con riqueza armónica excepcional, puede dividir el conjunto en grupos (tres contra dos, o dos contra tres), puede hacer que un instrumento se destaque mientras los otros cuatro crean un fondo de textura compleja.
El desarrollo del movimiento no es conflictivo sino exploratorio. Mozart toma los temas de la exposición y los examina desde diferentes ángulos armónicos, los fragmenta y recombina, pero siempre manteniendo un equilibrio clásico. No hay la angustia beethoveniana ni anticipos románticos, hay una serenidad en la exploración que es característica del Mozart tardío.
Segundo movimiento: Andante
El Andante en La bemol mayor es de una belleza reposada. El tema principal, presentado por el primer violín, tiene una cualidad cantabile que recuerda las arias operísticas mozartianas. Los otros instrumentos responden y comentan, creando un diálogo de extraordinaria sutileza.
Hay un episodio en fa menor que introduce una nota de melancolía más profunda. Mozart usa el modo menor no para crear drama sino para añadir una sombra que hace que el regreso al mayor sea más luminoso por contraste.
La textura es transparente: se pueden escuchar las cinco líneas individuales claramente, y sin embargo se fusionan en un todo perfectamente equilibrado. Es el equivalente musical de una conversación entre amigos íntimos donde todos escuchan y responden con sensibilidad.
Tercer movimiento: Menuetto
El Menuetto es elegante pero no cortesano. Tiene un carácter más robusto, casi campestre en ciertos momentos. El trío en Si bemol mayor ofrece un contraste más suave, más lírico, antes del regreso del minueto.
Es interesante que Mozart, en 1791, siguiera escribiendo minuetos en obras de cámara. Beethoven pronto reemplazaría el minueto con el scherzo más dinámico, pero Mozart permanecía fiel a esta forma tradicional, aunque dándole un carácter muy personal.
Cuarto movimiento: Allegro
El finale es un rondó brillante donde Mozart despliega toda su maestría contrapuntística sin que esto se sienta como ejercicio académico. El tema principal es alegre y directo, y los episodios contrastantes exploran diferentes caracteres.
Hay un momento fascinante hacia el final donde Mozart introduce un pasaje de imitación canónica (un instrumento imita a otro) que es tanto ingenioso técnicamente como delicioso musicalmente. Es como si Mozart quisiera demostrar una última vez que podía combinar la complejidad técnica máxima con la espontaneidad expresiva.
El movimiento concluye con una coda energética que afirma la tonalidad de Mi bemol mayor con convicción. Es un final afirmativo, optimista incluso, que no sugiere en absoluto que esta será la última música de cámara que Mozart escribiría.
Los quintetos de Mozart: una perspectiva
Mozart compuso seis quintetos de cuerdas:
- K.174 (1773) – Re mayor
- K.406 (1787) – Do menor (arreglo de la Serenata K.388)
- K.515 (1787) – Do mayor
- K.516 (1787) – Sol menor
- K.593 (1790) – Re mayor
- K.614 (1791) – Mi bemol mayor
Los últimos cuatro, compuestos entre 1787 y 1791, son generalmente considerados las obras maestras del género. El K.614 cierra este ciclo con una síntesis perfecta de todo lo que Mozart había aprendido sobre la escritura de cuerdas: el contrapunto, la armonía, el equilibrio tímbrico, la expresividad.
Si el K.516 en sol menor es el más trágico y el K.515 en do mayor el más heroico, el K.614 es quizás el más sereno, el más equilibrado, el que parece haber encontrado paz después de las luchas expresadas en las obras anteriores.
Concierto para clarinete en La mayor K.622
Octubre: el canto del cisne instrumental
El Concierto para clarinete en La mayor K.622, completado en octubre de 1791, apenas dos meses antes de la muerte de Mozart, es para muchos melómanos la composición más bella jamás escrita para clarinete.
(Personalmente, añadiría el Quinteto con clarinete K.581 y el también Quinteto para clarinete y cuarteto de cuerdas op.115 de Brahms. Los tres tienen algo de único, de grandeza creativa y sinceridad, reservado a muy pocos momentos de la Historia de la Música.
Son un refugio seguro, cuando, ahí afuera, arrecian tormentas…)
Es también el último concierto instrumental que Mozart compuso, y su última obra puramente instrumental de envergadura (la Pequeña Cantata Masónica, escrita en noviembre, incluiría también voces).
Existe algo en este concierto algo más que la simple belleza (¡como si esto fuera poco!). Es como si Mozart, sintiendo quizás que el tiempo se agotaba, hubiera querido crear una obra que expresara todo lo que sentía sobre la vida, la belleza y la melancolía de la existencia humana. Y lo hizo sin palabras, solo con la voz del clarinete cantando sobre un acompañamiento orquestal de perfecta simplicidad.
Anton Stadler y el clarinete di bassetto
El concierto fue escrito para Anton Stadler, clarinetista virtuoso y amigo cercano de Mozart. Stadler era no sólo un instrumentista excepcional sino también un innovador. Había desarrollado un instrumento especial llamado clarinete di bassetto (o clarinete de tesitura ampliada hacia el grave), que extendía el registro del clarinete hacia las notas más bajas.
Mozart y Stadler eran amigos desde hacía años y compartían la pertenencia a la logia masónica “Zur wahren Eintracht” (A la verdadera concordia). Mozart había escrito ya varias obras para Stadler, incluyendo el Trío “Kegelstatt” K.498, el Quinteto para clarinete K.581, y el obbligato de clarinete di bassetto en el aria “Parto, parto” de La clemencia de Tito (sobre esa aria y toda la ópera en la que se incluye, no dejes de leer otro de artículo de nuestro Blog, Las últimas óperas de Mozart: entre la corte y el pueblo)
El problema de la versión original
Desafortunadamente, el manuscrito autógrafo de Mozart del concierto se perdió. La versión que conocemos hoy fue publicada por el editor André en 1801, transcrita para clarinete estándar. Esta versión transpone hacia arriba los pasajes que originalmente eran demasiado graves para el clarinete normal, alterando así algunas de las intenciones tímbricas de Mozart.
Los musicólogos han intentado reconstruir la versión original para clarinete di bassetto basándose en las prácticas compositivas de Mozart y en pasajes conservados en otros manuscritos. Estas reconstrucciones, cuando se interpretan en el instrumento original, revelan una riqueza tímbrica especial en el registro grave que se pierde en la versión para clarinete estándar.
Análisis musical: melancolía sublime
El concierto está en La mayor, una tonalidad que Mozart utilizaba relativamente poco, y que asociaba con cierta luminosidad pastoral y calidez íntima. Es la tonalidad del Concierto para piano K.488 (cuyo segundo movimiento en fa sostenido menor es de una melancolía comparable) y del Quinteto para clarinete K.581 (qué coincidencia, ¿verdad?).
Estructura:
- Allegro – La mayor (forma sonata) II. Adagio – Re mayor (forma ternaria) III. Rondó: Allegro – La mayor (rondó)
Primer movimiento: Allegro
El movimiento se abre con una introducción orquestal donde se presentan los tres temas principales. El primero, suave y ondulante, establece inmediatamente un carácter de elegancia melancólica. El segundo es más rítmico y enérgico. El tercero, quizás el más memorable, tiene una cualidad casi de canción popular, simple pero perfecta.
Cuando el clarinete entra (tras aproximadamente un minuto y medio de introducción orquestal), no hace una entrada grandiosa sino conversacional, como si retomara una idea que la orquesta había iniciado. Este es el Mozart maduro: la música no necesita impresionar, simplemente necesita ser.
Mismo procedimiento que el mencionado en el concierto para piano nº27. Simplicidad, acierto.
Características del movimiento:
- Melodías de una naturalidad aparente que ocultan sofisticación compositiva (¡esto es Mozart!)
- Exploración completa del registro del clarinete, con especial énfasis en el registro grave (chalumeau) que Mozart adoraba
- Diálogo íntimo entre solista y orquesta, nunca confrontación
- Modulaciones armónicas que, sin ser revolucionarias, crean sutiles cambios de color emocional
- Una cadenza que Mozart escribió él mismo, meditativa más que virtuosa
El desarrollo del movimiento es breve pero significativo. Mozart toma fragmentos de los temas principales y los explora armónicamente, modulando a regiones como Mi mayor y fa sostenido menor que añaden sombras antes del regreso a La mayor.
La recapitulación trae de vuelta los temas principales, ahora enriquecidos por la experiencia del desarrollo. La cadenza, escrita por Mozart (aunque muchos solistas escriben las suyas propias), es relativamente breve y enfatiza la expresividad sobre el virtuosismo técnico.
Segundo movimiento: Adagio
El Adagio en Re mayor es, sencillamente, uno de los movimientos lentos más bellos jamás escritos. No sólo de Mozart. No solo del repertorio del clarinete. De toda la música occidental. La melodía que el clarinete canta, acompañado solo por las cuerdas (sin vientos), es de una simplicidad y pureza que desarman.
La melodía se despliega sin prisa, sin ornamentación excesiva, dejando que la pura belleza del sonido del clarinete hable por sí misma. El registro medio-grave del instrumento, el más cálido y “humano”, es explotado magistralmente.
Análisis del Adagio:
La estructura es ternaria (ABA’):
- A (compases 1-28): El tema principal en Re mayor, de extraordinaria simplicidad melódica. El clarinete canta sobre un acompañamiento mínimo de cuerdas. La melodía parece inevitable, como si siempre hubiera existido.
- B (compases 29-49): Un episodio en Re menor que introduce una nota de melancolía más profunda. Mozart no usa el modo menor para crear drama sino para añadir una dimensión de tristeza contemplativa. Las modulaciones pasan por la menor, Si bemol mayor y otras regiones antes de preparar el regreso a Re mayor.
- A’ (compases 50-70): Retorno del tema principal, ahora ornamentado delicadamente. El clarinete añade pequeñas figuraciones que embellecen la melodía sin alterar su esencia. Es como si el tema, tras haber experimentado la oscuridad del modo menor, regresara enriquecido, pero fundamentalmente igual.
La cualidad emocional:
Hay en este Adagio una cualidad atemporal, como si la música existiera en un espacio suspendido entre el mundo terrenal y algo más elevado. No es felicidad lo que expresa, pero tampoco tristeza aguda. Es más bien una melancolía serena, una aceptación de la belleza efímera de las cosas, una reflexión sobre la mortalidad que no es amarga sino tierna.
Muchos han especulado sobre el estado de ánimo de Mozart al componer esta música en octubre de 1791, cuando su salud comenzaba a deteriorarse gravemente. ¿Sabía que se acercaba el final? ¿Es este Adagio una despedida consciente? No lo sabremos nunca, pero la música parece contener una sabiduría que trasciende la edad cronológica del compositor.
Tercer movimiento: Rondó (Allegro)
El finale recupera algo de la alegría mozartiana característica, pero teñida de la nostalgia que impregna todo el concierto. El tema principal del rondó es directo y encantador, casi como una danza popular.
La estructura es un rondó con varios episodios contrastantes:
- Tema principal (A): Alegre, directo, en La mayor
- Episodio 1: Modulación a Mi mayor
- Retorno del tema (A)
- Episodio 2: En la menor, añadiendo una sombra
- Retorno del tema (A)
- Episodio 3: El más extenso, explora varias tonalidades
- Retorno final del tema (A) y Coda
Los episodios contrastantes permiten al clarinete explorar diferentes caracteres y registros. El episodio en la menor es particularmente conmovedor, introduciendo una nota de melancolía que hace que el regreso al tema principal en La mayor sea más luminoso por contraste.
La coda final es breve pero afirmativa. El concierto concluye con una sensación no de final dramático sino de aceptación serena. Es como una sonrisa melancólica, el reconocimiento de que toda belleza es temporal pero que precisamente su temporalidad la hace más preciosa.
El Adagio: uno de los movimientos lentos más bellos
Vale la pena detenerse especialmente en el Adagio del Concierto para clarinete porque representa una de las cimas absolutas de la expresión musical. ¿Qué hace que este movimiento sea tan especial?
La melodía perfecta:
La melodía principal tiene esa cualidad que solo las grandes melodías poseen: parece inevitable, como si no pudiera haber sido compuesta de otra manera. Cada nota está en su lugar perfecto, cada frase respira naturalmente, cada giro melódico sorprende y sin embargo parece completamente lógico.
El timbre del clarinete:
Mozart explota magistralmente las cualidades sonoras específicas del clarinete. El registro medio-grave del instrumento (el registro chalumeau) tiene una calidez que se ha comparado con la voz humana. Es íntimo, directo, capaz de expresar emoción profunda sin estridencia.
La armonía:
Aunque la armonía es en su mayor parte diatónica (sin cromatismos excesivos), Mozart introduce momentos de tensión armónica que crean colores emocionales sutiles. El movimiento al modo menor en la sección central, por ejemplo, no es dramático, pero sí profundamente conmovedor.
La orquestación:
Mozart acompaña al clarinete solo con cuerdas, sin vientos. Esto crea una textura transparente donde el clarinete puede “respirar”, donde cada nota tiene espacio para resonar. Las cuerdas proporcionan un colchón armónico discreto que sostiene sin competir.
La estructura:
La forma ternaria (ABA’) es perfectamente equilibrada. Hay variación, pero no desarrollo en el sentido sinfónico. Es más bien una meditación sobre un tema que se presenta, se examina desde diferentes ángulos (la sección en menor), y luego regresa enriquecido.
Lo inefable:
Pero más allá de todos estos elementos técnicos, hay algo en este Adagio que escapa al análisis. Hay una cualidad de intimidad absoluta, como si Mozart estuviera compartiendo algo profundamente personal. La experiencia de escuchar este movimiento tiene es, en verdad, espiritual: Una de esas raras ocasiones en que la música parece tocar el alma humana, quedando prendida a ella.
Tres obras, un testamento instrumental
Comparación estilística y emocional
Las tres obras instrumentales de 1791 comparten ciertas cualidades que las distinguen de obras anteriores de Mozart:
Serenidad:
Las tres obras tienen una cualidad de serenidad que contrasta con el drama más explícito de algunas obras anteriores. No hay la angustia del Quinteto en sol menor K.516, ni la energía extrovertida de muchos conciertos anteriores para piano. Hay, en cambio, una aceptación serena, una paz que parece haber sido alcanzada tras luchas anteriores.
Economía de medios:
Mozart dice mucho con poco. Las texturas son transparentes, los temas son simples (en apariencia), la orquestación es sobria. No hay excesos ni ornamentación superflua. Cada nota cuenta, cada frase tiene propósito.
Intimidad:
Incluso el Concierto para piano K.595, que incluye orquesta, tiene una cualidad íntima de música de cámara. El diálogo entre solista y orquesta es conversacional, no confrontativo. Las tres obras parecen música para ser escuchada en espacios íntimos más que en grandes salas de concierto.
Melancolía sin amargura:
Hay melancolía en estas obras, especialmente en el Concierto para clarinete, pero es una melancolía sin amargura. Nostalgia, reflexión sobre la belleza efímera de las cosas, aceptación de la mortalidad. No hay desesperación ni ira contra el destino.
Perfección formal:
Las tres obras muestran un dominio absoluto de la forma clásica. No hay experimentos estructurales radicales, pero tampoco rigidez académica. Hay una libertad dentro del orden, una naturalidad dentro de la estructura que solo la maestría absoluta puede alcanzar.
Diferencias:
- El Concierto para piano K.595 es el más clásico en estructura, el más próximo a los conciertos anteriores de Mozart, aunque con un carácter más reflexivo.
- El Quinteto de cuerdas K.614 es quizás el más alegre de las tres obras, el que menos sugiere despedida. Es afirmativo, equilibrado, optimista incluso.
- El Concierto para clarinete K.622 es el más melancólico, el que más claramente parece una despedida. Su Adagio, en particular, tiene una cualidad de adiós que es difícil de ignorar.
El legado en la música instrumental
El Concierto para piano K.595:
El último concierto para piano de Mozart marcó el final de una época. Beethoven, que conocía bien los conciertos mozartianos, tomaría el género en una dirección muy diferente: más dramática, más heroica, más extrovertida. Los conciertos de Beethoven son batallas entre el individuo y el mundo; los de Mozart son conversaciones civilizadas.
Sin embargo, compositores posteriores como Mendelssohn, Schumann y Chopin recordarían el ideal mozartiano del concierto como diálogo íntimo más que confrontación épica.
El Quinteto de cuerdas K.614:
Mozart había establecido el quinteto de cuerdas con segunda viola como un género serio, equivalente en importancia al cuarteto de cuerdas. Aunque el género nunca alcanzó la popularidad del cuarteto, compositores importantes como Beethoven (una sola obra, Op. 29), Brahms (dos quintetos) y Bruckner (un quinteto) continuaron cultivándolo.
El Concierto para clarinete K.622:
Este concierto estableció el clarinete como un instrumento solístico de primer nivel. Antes de Mozart, el clarinete era relativamente nuevo y no había un repertorio concertístico importante para él. El K.622 inspiró obras posteriores de:
- Carl Maria von Weber (dos conciertos y un concertino)
- Louis Spohr (cuatro conciertos)
- Johannes Brahms (Sonatas y Quinteto para clarinete)
- Y numerosos compositores del siglo XX
El Adagio del concierto se convirtió en el modelo de referencia para todos los movimientos lentos escritos posteriormente para clarinete. Su combinación de lirismo, expresividad y explotación idiomática del instrumento sigue siendo insuperada.
Para escuchar y profundizar
Partituras
En IMSLP puedes consultar y descargar las partituras completas:
YouTube
En YouTube encontrarás excelentes grabaciones:
Concierto para piano K.595:
- Murray Perahia con la English Chamber Orchestra
- Mitsuko Uchida con la English Chamber Orchestra
- Maria Joao Pires con London Symphony Orchestra
Quinteto de cuerdas K.614:
- Cuarteto Hagen con Gerard Caussé
- Cuarteto Alban Berg
- Cuarteto Amadeus con Cecil Aronowitz
Concierto para clarinete K.622:
- Martin Fröst (versión para clarinete di bassetto reconstruida)
- Sabine Meyer con la Berliner Philharmoniker
- Alfred Prinz con Karl Böhm
- Charles Neidich (versión históricamente informada)
Enlaces de interés
- Fundación Internacional Mozarteum: Información sobre Mozart y sus obras
- Mozart: On the Web: Proyecto digital sobre Mozart
- Catálogo Köchel online: Para explorar el catálogo completo
Reflexión final: cuando el silencio es más elocuente que las palabras
Las tres obras instrumentales de 1791 representan el adiós de Mozart a géneros que había dominado durante toda su vida. El pianista virtuoso que había asombrado a Europa desde niño escribía su último concierto para el instrumento. El compositor de música de cámara que había llevado el género a nuevas alturas completaba su último quinteto. El innovador del concierto instrumental creaba su última obra para solista y orquesta.
Lo extraordinario de estas despedidas es que no se presentan como tales. No hay dramatismo beethoveniano, no hay gestos grandilocuentes de “última palabra”. Hay, en cambio, una serenidad que es casi desconcertante. Es como si Mozart hubiera encontrado una paz profunda, como si hubiera alcanzado un punto de vista desde el cual las luchas anteriores pudieran ser vistas con perspectiva. ¡Con 35 años!
El Concierto para piano K.595 no llora la juventud perdida; simplemente acepta que las cosas cambian. El Quinteto K.614 no lamenta que será la última música de cámara; simplemente celebra la belleza del equilibrio y la conversación entre instrumentos iguales. El Concierto para clarinete no se presenta como un réquiem instrumental; es simplemente música de una belleza que trasciende las circunstancias de su creación.
Y sin embargo, especialmente en el Adagio del Concierto para clarinete, hay algo que suena irremediablemente como una despedida. No porque Mozart lo pretendiera conscientemente, quizás, sino porque la música contiene una sabiduría que va más allá de la intención del compositor. Es como si, en octubre de 1791, Mozart hubiera logrado expresar algo fundamental sobre la existencia humana: que toda belleza es temporal, que toda vida tiene su otoño, pero que precisamente esta temporalidad es lo que hace que la belleza sea preciosa y conmovedora.
Estas tres obras nos enseñan que las despedidas más profundas no necesitan ser dramáticas. A veces, la serenidad dice más que el llanto, el susurro más que el grito. Mozart, enfrentando el final de su carrera como intérprete (el Concierto para piano), el final de su producción de música de cámara (el Quinteto), y el final de su vida misma (el Concierto para clarinete, aunque él aún no lo supiera. ¿O sí?), eligió responder no con desesperación sino con belleza.
Y esa belleza, esa serenidad en medio de la tormenta, esa capacidad de crear perfección mientras todo se desmoronaba, es quizás el legado más profundo que Mozart nos dejó. No solo obras maestras para admirar, sino un ejemplo de cómo enfrentar lo inevitable: con dignidad, con gracia, y sobre todo, con la determinación de crear belleza hasta el último momento.
(Inevitable, aquí, la cita de Dostoyevski, “La belleza salvará el mundo”)
Cada vez que escuchamos el Adagio del Concierto para clarinete, cada vez que nos sumergimos en la serena perfección del Quinteto K.614, cada vez que seguimos el diálogo íntimo del último Concierto para piano, no estamos simplemente disfrutando de música bella. Estamos presenciando el triunfo del espíritu humano, la prueba de que la belleza puede ser más fuerte que la mortalidad, de que el arte puede conferir una forma de eternidad que trasciende la brevedad de una vida individual.
Mozart escribió estas obras en 1791. Pero cada vez que suenan —en una sala de conciertos, en una grabación, en el silencio de una tarde— Mozart vive de nuevo. Su voz sigue cantando, su conversación continúa, su belleza permanece. El adiós instrumental se convierte así en una presencia eterna.
>>> ¿Has escuchado alguna de estas tres obras en vivo? ¿Cuál te conmueve más profundamente? ¿Percibes en ellas esa cualidad de despedida serena, o simplemente son obras maestras más en el catálogo mozartiano? Comparte tus reflexiones en los comentarios.
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