En música, como en otras muchas parcelas, es muy común encontrarnos con la figura del “enterado”.
Ese aficionado que todo lo sabe: lo ha escuchado todo, conoce a los mejores intérpretes para tal o cual obra, tiene discos sin fin y habla con sorprendente soltura de cada uno de los aspectos de la obra musical y su interpretación.
Si tú eres de los que está empezando en la afición a la música, no te dejes impresionar. En esto, como en todo, hay mucho ego suelto… Verdaderos melómanos hay más bien pocos. Y suelen ser discretos. No se ven obligados a hablar muy alto de una fila a otra del patio de butacas en los entreactos, para que les escuche el amigo que está detrás y, de paso, todos los integrantes de cuatro o cinco filas más. No se exhiben. “Sólo” han descubierto la felicidad que les proporciona la música y se limitan a disfrutarla.
Y como cada uno debe transitar su camino vital por sí solo, emprende tu aventura como un niño. Sin expectativas. Pero con toda la ilusión intacta y perdurable.
Permítete escuchar piezas “fáciles”. Fáciles en el mejor sentido de la palabra. No siempre lo más complejo es lo mejor. Y lo fácil no tiene por qué no ser hermoso. Además, hay muchas obras de las llamadas “fáciles” que, en realidad, esconden (¡y de qué manera tan magistral!) su complejidad (estructural, pero también emotiva), bajo el envoltorio de la destreza y la naturalidad.
Fáciles, también, en el sentido de “famosas”. Vamos, de ésas que te aparecen en cualquier anuncio de coches, de champú, o de jamón de York en lonchas… Algunas (por no decir casi todas) son joyas, emblemáticas para su autor. Y masacradas por el uso indebido y abusivo. Pero no por eso dejan de ser maravillosas. ¿Por qué renunciar a ellas? ¿Por qué no rescatarlas de la vulgaridad?
De esa galería de “damnificadas”, se me ocurren ejemplos como Las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi (preferentemente La Primavera o el Verano – ¡como si el Otoño o el Invierno fueran menores!-), la 5ª Sinfonía de Beethoven (justo el comienzo, y fíjate todo lo que viene después…) o la Cabalgata de Las Valquirias de Richard Wagner (¡qué diferente suena, integrada en la ópera entera, La Valquiria!)
Cuando esas piezas pasan a engrosar la lista de “famosas”, están perdidas. Su personalidad, su carácter único, se adelgaza, se diluye. Y la labor de reconstrucción, necesaria para volver a escucharla como merece, suele ser bastante costosa. ¡Lástima!
Sin embargo, merece la pena. Y mucho.
[Echa un vistazo a algunas de nuestras actividades programadas: de vez en cuando sacamos brillo a alguna de esas piezas que se han empañado por un mal uso. Un epígrafe posible sería algo así: Salvemos Las cuatro estaciones…]
Rebélate. Vuelve a ser un niño. Escucha con el corazón. Guíate por el instinto. Por el gusto.
Cierto es que el gusto evoluciona. Espontáneamente. A base de escuchar. A base de vivir.
Pero es un camino. No hay por qué saltarse etapas. Al fin y al cabo, el paso más difícil de un camino de mil pasos es el primero.
Ahora te propongo que descubras (o redescubras) alguna de estas pequeñas/grandes joyas “fáciles”.
Escúchalas. Varias veces. Sin prejuicios. Sólo intenta conectar con lo que el compositor quiere decirte. A ti.
Disfrútalas. Rescátalas. Y hazlas tuyas.
Y de ahí, ve avanzando. Con curiosidad. Con entusiasmo.
La lista es una de las muchísimas posibles. Un poco al azar, un poco condicionada por mis propias querencias.
- Las Cuatro Estaciones (Antonio Vivaldi)
- Tocata y Fuga en Re menor (Johann Sebastian Bach)
- Lascia ch’io pianga (Georg Friedrich Händel)
- Canon (Pachelbel)
- Adagio (Albinoni)
- Aleluya de El Mesías (Georg Friedrich Händel)
- Pequeña Música Nocturna (Wolfang Amadeus Mozart)
- Aleluya (Wolfang Amadeus Mozart)
- Para Elisa (Ludwig van Beethoven)
- 5ª Sinfonía (Ludwig van Beethoven)
- Concierto de Aranjuez (Joaquín Rodrigo)
- Carmina Burana (Carl Orff)
Recomendación (obvia, pero necesaria). Escucha cada una de estas obras (y de otras muchas del cesto de las “atropelladas por el consumismo”) en su integridad. Date tiempo. Dales tiempo. Y comprueba cómo, casi milagrosamente, el contexto saca a la luz toda su belleza. Estaban empolvadas, o cubiertas de una capa de insulsez. El contexto es el trapito que les sacará el brillo. ¡Parecía plástico y había oro “debajo”!]
En el caso de una obra única, el “contexto” es su integridad, no sólo un estribillo o leit motiv, por ejemplo. Y a veces otras obras, compuestas en la misma época o con la misma motivación. En el caso de obras de varios movimientos, el “contexto” son todos ellos, cómo van creando atmósferas y estados de ánimo diferentes. Y en el caso de una ópera, todo (incluida la trama, no sólo la partitura) lo que ha ocurrido hasta llegar a ese fragmento que queremos “recuperar”: ese todo nos ha llevado de un cuadro a otro, de una emoción a otra, ese todo nos ha ido moldeando (con plena consciencia por parte del compositor) para aterrizar en ese fragmento con una determinada predisposición. Y ocurre algo similar con los oratorios.
Por cierto, si aún no te has descargado la Guía de Audición para cada día del mes, puedes hacerlo desde aquí:
https://amaryentenderlamusica.com/un-regalo-para-ti/
¡Es gratis!
Algunas de las obras que aparecen en esa Guía coinciden con la lista que hemos presentado en este post. Pero ni ésta, ni la de la Guía, son únicas.
Porque en la vida como en el gusto no existen valores absolutos. Y dejarse sorprender es una aventura que nadie debería perderse jamás…



